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Contra el “úselo y tírelo”

junio 6, 2011

Las nociones de cambio climático y calentamiento global difundieron la conciencia de daño ecológico. En “La historia de las cosas” una experta en desarrollo sostenible alerta sobre el “modelo sacar-fabricar-tirar”: ¿adónde va cada objeto que compramos y tiramos?

POR FEDERICO KUKSO

Como todos los organismos condenados a vivir en este planeta, las palabras evolucionan. Con el tiempo, algunas se desgastan, se cansan, enferman y se extinguen. Otras, en cambio, se adaptan a sus nuevos ambientes y alteran sus significados. Hay incluso quienes afirman, como sospechaba Julio Cortázar, que las palabras están vivas y esperan ansiosos el día en que un neurocientífico se atreva y las haga desfilar por un gran tomógrafo para descubrir, al fin, que en su interior cuentan con un sistema nervioso, aparato digestivo y demás órganos viscosos.

La palabra virus, por ejemplo, para sobrevivir en esta evolución más léxica que biológica debió forzosamente mutar: primero –hace siglos– era confundida con veneno. Luego, a partir de 1892, empezó a usarse para designar a un nuevo enemigo público, aquellos agentes –¿vivos o no?, los microbiólogos no se ponen de acuerdo– causantes de enfermedades infecciosas. Y en 1972 se convirtió en la palabra justa para denominar al mal –el veneno, otra vez– que corre por las venas de Internet: aquellos programas informáticos capaces de volver locas a las computadoras y provocar ataques cardíacos en los internautas.

Pero cuando se pensba que en esta palabra de cinco letras no cabían más significados, el término “viral” se puso de moda ya no para designar una tragedia (el desparramo de una enfermedad en una sociedad, un crash informático) sino para describir algo menos lúgubre: una manera –ya no tan nueva– de diseminar, producir y consumir datos, números, hechos, en fin, aquello de lo que nos alimentamos –y con lo que nos atragantamos– todos los días, información.

Vivimos, de hecho, en una época muy viral o, como diría el biólogo inglés y celebridad científica Richard Dawkins, una era “memética”: un tiempo en el que las ideas se esparcen por el planeta casi a la velocidad de la luz infectando cerebros. Aunque en lugar de enfermarlos, los despiertan, los mueven, los activan. Las ideas, se sabe, producen más ideas; se replican no como genes sino como “memes” –como los bautizó Dawkins en su libro El gen egoísta (1976)–, es decir, aquellas unidades de información cultural transmisibles de un individuo a otro.

“Durante la mayor parte de nuestra historia biológica, los memes existieron efímeramente, su principal modo de transmisión era el llamado ‘boca a boca’ recuerda el escritor, periodista y science writer James Glieck en su genial y aún inhallable en la Argentina, The Information: A History, a Theory, a Flood–. Ultimamente, sin embargo, han conseguido adherirse a sustancias sólidas: tabletas de barro, paredes de cuevas, hojas de papel. Adquieren longevidad a través de nuestras plumas y nuestras imprentas, cintas magnéticas y discos ópticos. Se diseminan a través de antenas y redes digitales. Los memes pueden ser relatos, recetas, habilidades, leyendas o modas. Los copiamos, de individuo en individuo”.

Así se entiende el éxito de las charlas TED, de los rumores (y programas de chimentos), de la Web misma y, claro, de los videos que de la noche a la mañana se vuelven lo más visto y comentado en la Red. Como ya es costumbre decir, aquellos videos que se volvieron virales. Su condición infecciosa, sin embargo, no es garantía de calidad. Y cualquiera que se tome el tiempo de darle play a estos virus audiovisuales lo sabe: la gran mayoría es basura, material que puede arrancar una sonrisa pero que a la larga se hunde en olvido. De vez en cuando, por suerte, hay excepciones: producciones profesionales o amateurs que logran hacerse lugar entre tantos estímulos visuales descartables y consigue plantar una nueva idea en el cerebro de sus espectadores como quien clava una bandera en un planeta recién conquistado.

Eso es exactamente lo que consiguió la ambientalista estadounidense Annie Leonard, una voz en la multitud que logró con un video de 21 minutos cautivar la atención de millones. “Nuestro objetivo era modesto; queríamos llegar a unas 50 mil personas. La reacción nos sorprendió. En sólo tres años, el filme fue visto más de 12 millones de veces”, admite la nueva heroína verde y cara visible de The story of stuff (o La historia de las cosas, http://www.storyofstuff.com) una especie de ensayo audiovisual que apunta contra la columna vertebral no sólo de la sociedad norteamericana sino también del modo de vida actual (y global): el consumo.

Obsesión fatal

“Con los años, me obsesioné un poco con todas mis cosas. ¿Alguna vez te preguntaste de dónde vienen todas las cosas que compramos y adónde van a parar cuando las tiramos? Yo no podía dejar de preguntármelo. Así que investigué. Lo que dicen los libros de texto es que las cosas simplemente se mueven a través de un sistema: desde la extracción, a la producción, a la distribución, al consumo y a la disposición o desechos. A esta suma de etapas se le llama la ‘economía de los materiales’. Yo indagué un poco más. De hecho, pasé diez años viajando por el mundo para rastrear de dónde provienen nuestras cosas y adónde van. ¿Y sabés lo que descubrí? Que ésta no es toda la historia. Que hay muchos huecos en esta explicación. A primera vista, este sistema parece funcionar bien. Sin ningún problema. Pero la verdad es que es un sistema en crisis. Y la razón por la que está en crisis es que se trata de un sistema lineal y nosotros vivimos en un planeta finito”.

Así arranca este fenómeno online que con el tiempo se convirtió en un proyecto y luego en un movimiento con su propio bestseller, el libro La historia de las cosas: de cómo nuestra obsesión por las cosas está destruyendo el planeta, nuestras comunidades y nuestra salud (Fondo de Cultura Económica), impreso con tintas vegetales y papel exento de cloro, 100% reciclable.

Más allá de su contenido, la originalidad del mensaje ecológico y viral de Leonard radica en su forma. Desde que las palabras “cambio climático” y “calentamiento global” abandonaron las oficinas de meteorólogos y especialistas en ciencias de la atmósfera e invadieron el vocabulario cotidiano como señales de alarma, ecologistas, protectores del medio ambiente y demás activistas verdes no dejan de bombardear a sus audiencias con números, porcentajes y gráficos que radiografían y denuncian un planeta en agonía. No lo desean, pero con tanto PowerPoint y desfile de cifras marean y, en lugar de incitar a la acción, sumergen a sus destinatarios en la culpa. Y al hacerlo, los paralizan.

Annie Leonard lo sabe. Y por eso, tomó un desvío. Aprendió de Al Gore (y su presentación en PowerPoint con anabólicos de Una verdad incómoda) y fue un poco más allá. No bastaba con arrojar datos crudos y contundentes del tipo “el 75% de los recursos pesqueros del mundo hoy está explotado al límite de su capacidad o sobreexplotado” o “tan sólo en el Amazonas estamos perdiendo 2 mil árboles por minuto (esto equivale a cinco canchas de fútbol por minuto)”. Debía hacerlo de manera tal que los ya de por sí dispersos internautas no terminaran cerrando la ventana de Youtube y saltasen sin mirar atrás a la próxima página web, entrada en Facebook o comentario sigiloso en Twitter.

Así Leonard descubrió el mundo de la animación y la simpleza del cartoon, la fórmula efectiva para ilustrar conceptos complejos a grandes y a chicos. “Se nos están acabando los recursos. Usamos demasiadas cosas. Sé que puede ser difícil escuchar esto, pero es la verdad y tenemos que enfrentarla. Tan sólo en las últimas tres décadas, se ha consumido un tercio de los recursos naturales del planeta. Ha desaparecido”, exclama Leonard, con poco maquillaje, vestida  de jean y camisa azul, frente a un fondo blanco y mirando a cámara. Y al hacerlo no sólo sus manos se mueven con pasión. También comienzan a tomar vida los dibujos caricaturescos del ilustrador Ruben de Luna: los árboles se desploman (y muestran cómo el 80% de los bosques nativos del mundo ha desaparecido), las fábricas largan humo y exhiben cómo en la actualidad se usan más de 100 mil químicos sintéticos (de los cuales unos pocos se han analizado para verificar si impactan en la salud humana).

Al video de La historia de las cosas, le siguieron La historia del agua embotellada, La historia de los productos electrónicos y La historia de los cosméticos en los que Leonard utiliza la misma estrategia reveladora: desnaturaliza aquellos actos y prácticas (consumos) que se volvieron naturales.
Es cierto: esta activista de Berkeley no descubrió la pólvora ni es la primera en intentar abrir los ojos de millones de personas. Desde el clásico de 1962, Primavera silenciosa, en el que la bióloga Rachel Carson advertía sobre los nocivos efectos de los pesticidas sobre el medio ambiente y la salud, los libros verdes –o lo que es lo mismo, las obras que buscan difundir las nuevas enfermedades de la Tierra– no han dejado de desembarcar en las librerías. Hay muchos y, entre ellos, pocos son tan buenos como La historia verde del mundo (Clive Ponting), Nuestro futuro robado (Theo Colborn), Lo pequeño es hermoso (E. F. Schumacher) o The Omnivore’s Dilemma (Michael Pollan), obras que se codean con biblias anticonsumo como No logo (Naomi Klein), Vida de consumo (Zygmunt Bauman) o la novela 13,99 euros de Frédéric Beigbeder.

Lo que distingue a Leonard, más bien, es su empuje para mostrar aquello que las corporaciones, las marcas, los publicistas, los medios y demás miembros del ecosistema capitalista intentan ocultar detrás de cada cajita feliz, detrás de cada afiche protagonizado por hombres y mujeres sonrientes que  aterrorizan al consumidor al exclamar tácitamente “si no comprás, no existís; si no querés más, no sos feliz”.

Vivimos en una era de invisibilidades. No vemos (o no deseamos ver) de dónde salen las cosas que usamos, vestimos y comemos. No sabemos cómo se hacen o adónde van a parar aquella pila, bolsa de plástico o botella que tiramos a la basura con tanta indiferencia. Somos consumidores ciegos.

Tanto en su video como en su libro de 390 páginas, Leonard no hace más que levantar el telón. Muestra lo que otros ocultan, cuenta la historia secreta de aquella remera de algodón, aquella computadora, o aquella lata de gaseosa que secuestramos un día de una góndola de un supermercado, intercambiamos por dinero y nos las llevamos a casa como una nueva conquista.

El valor de cada cosa

En cada bien manufacturado, dice Leonard, hay una historia de explotación. “Examinar los impactos ocultos de todas las cosas que consumimos en nuestra vida –indica– es una manera de desconectarse de la Matrix: es el primer paso en el camino hacia el cambio”.

Ya lo aseguraba Jean Baudrillard en su ensayo El sistema de los objetos: “En nuestra vida ordinaria, somos prácticamente inconscientes de la realidad tecnológica de  los objetos. Y, sin embargo, esta abstracción es una realidad fundamental: es la que gobierna las transformaciones radicales del ambiente”.

En este sentido, Leonard va contra la corriente. Les restituye la historia a los objetos que usamos-consumimos-tiramos en una ardua lucha contra el olvido. “La deshistorización parece ser un proceso natural de las cosas –subraya el periodista Martín De Ambrosio, autor de La medicina no fue siempre así (editorial Iamiqué), en el que también combate la amnesia social–. El tiempo es olvido y es memoria. Sin embargo, cuando el mecanismo de olvido es exagerado se suele caer en el otro extremo: cosas, pueblos y palabras sin historia. Y ahí perdemos buena parte del significado de lo que nos rodea”.

Sin embargo, no todos aplauden a esta activista de 47 años, madre de una hija (Dewi), dueña de un auto eléctrico canadiense llamado Zenn (“Zero Emissions No Noise”) y defensora de una jornada laboral de menos horas. Disparar contra el american way of life hizo que cosechara todo tipo de difamaciones: en un revival del macarthismo, la acusaron de marxista. Y el ultraconservador Glenn Beck, uno de los comentaristas políticos más de derecha de la cadena Fox, llegó a culparla de “adoctrinar a los niños en el antiamericanismo”.

“No despotrico contra Estados Unidos –se defiende Leonard en su libro–. Sin embargo, después de haber viajado a 40 países, también sé que hay lugares de los cuales podríamos aprender”.

Igualmente, Leonard sabe que su mayor enemigo no son aquellos conservadores que la señalan con el dedo y reclaman su cabeza sino el pesimismo ecológico, aquel sentimiento paralizante que emerge de tanto dato devastador y porcentaje con sabor a catástrofe (y derrota). Por eso, tanto en sus videos como en su libro, la autora, además de fustigar lo que llama el “modelo sacar-fabricar-tirar”, aconseja, da esperanza, incita a abrir los ojos y a reaccionar. “Necesitamos comprender el verdadero valor de nuestras cosas, mucho más allá del precio de venta y mucho más allá del estatus social que confiere su posesión –escribe quien vive en un Kampung, algo así como una colectividad ubicada en el centro de Berkeley, o sea, un grupo de amigos que decidió vivir cerca unos de otros y en lugar de consumir acríticamente se prestan bienes e intercambian servicios–. Una sociedad basada en la reciprocidad generalizada es más eficiente que una sociedad donde se negocia cada interacción. No nos faltan cosas: lo que nos falta es compartirlas”.

Fuente: Ñ Revista de Cultura

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One Comment leave one →
  1. xZalox permalink
    agosto 4, 2011 14:24

    Es muy cierto en estos dias nos preocupamos la mayor parte de todos en consumir y consumir que ni una sola vez nos preguntamos de donde viene lo que consumimos o a donde va debemos hacer conciencia y cuidar este nuestro hogar la tierra pues seria nuestra manera de agradecerle tenernos aqui viviendo y darnos tantos recursos que acabamos

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